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NBuenos Aires desde Santiago de Cuba
por Juanita Pochet Cala»n
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De creatividad, magia y encanto para estos tiempos.
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Siento un inmenso placer al poder sacar a la luz en esta página, dos de los cuentos de una excelente escritora para niños, una personilla a quien aprecio y reconozco profundamente por sus múltiples esfuerzos y sobre todas las cosas porque impuso su condición y talento en obras para niños rompiendo tal vez ciertas estructuras y patrones que aún perduran en la literatura infantil. La autora de referencia es Miriam Castillo Catalá, nacida en Pinar del Río, Cuba, actualmente reside en la histórica y pintoresca ciudad de Santiago de Cuba y se desempeña como especialista del Ateneo Cultural Antonio Bravo Correoso.
Miriam Castillo Catalá, crecida entre los Mogotes y las sierras del occidente del país se inclinó primero hacia teatro, luego de no decidirse por la carrera de medicina se desenvolvió como instructora de arte y con esa suerte de dicha la vimos enseñar a sordos y mudos conformando grupos de teatro para niños y jóvenes, dirigir espectáculos y festivales de aficionados, incluyendo el tan hermoso carnaval infantil de la ciudad indómita. Las inquietudes culturales están latentes en esta joven autora y creadora.
Desde inicios de la década de los noventa sus escritos echaron a volar para continuar expandiendo sus alas, ha alcanzado premios múltiples dentro de la isla en distintos concursos de literatura para niños, y ha sido premio en eventos organizados y hermanados por Casas de Cultura Italia-Cuba.
Recuerdo cuando escribió “Pepe Cuncún”, el disfrute que experimentamos todos por el criollismo acentuado, el humor propio de las personas del campo, el paisajístico coloquio logrado, lo animado de una historia que al leerla satisface.
El mayor y más emocionante impacto estuvo presente en voces de niños a quienes de manera experimental la autora quiso narrar y recoger opiniones. Así es su vida. Hace pocos meses la acompañé a una sala oncológica de un hospital infantil de nuestra ciudad, allí viví horas de tristeza, angustia y emoción, Miriam Castillo Catalá lee a los niños sus nuevas obras y se propone ilustrar éstas con dibujos que los niños realizan al interpretarlas.
Hermosa obra, me digo, porque cuánto de hondura y valor humano hay en quienes logran comunicar y regalan a su paso minúsculas o no, porciones de ternura.
El talento y la entrega, el amor conjurado con los sentimientos en este inmenso universo seguirá rompiendo barreras.
Luego de esta breve presentación si se me permite mostrar estos dos breves cuentos tal vez sea en dos partes, espero que El Muro me apoye. Si desean escribirle a Miriam, luego de leer Lobo y Papelina, sé que contribuirán a dar más alimento espiritual a esa autora que como tantas y tantos en mi país consolidan sueños y lo hacen realidad. (eco01@acosta.isisc.cu)


LOBO (Cuento para niños)
Autora: Miriam Castillo Catalá

Cuando todos duermen y la casa parece una boca de lobos, a mí me gusta jugar con la linterna. La enciendo y me tapo de pies a cabeza. Con la luz hago aparecer animales que corren por las paredes, suben al techo, caen de cabeza en la cama y juegan conmigo a hacernos cosquillas. Más de una vez nos lanzamos al piso envueltos en las sábanas, y descubrimos una verdadera jungla, en los rincones donde se guardan las cosas viejas que yo no debo tocar.
Una noche cuando peleaba con un elefante, unos zapatos como los de mamá hicieron “tac tac tac”. Enseguida me puse en guardia, apagué la luz y el elefante quedó a mis pies, sumergido en las sombras; esperé con el corazón en la boca porque el ruido se acercó. Ante mí apareció un Lobo bastante jorobadito, con el brillo pícaro en los ojos de quién busca una aventura; venía de lo más campante exhibiendo sus patas flacas y peludas, entonces le reconocí era el mismísimo lobo de Caperucita.
–Sss, Sss– silbé.
Se dio tal susto que intentó escapar.
–Perdón leñador, perdón.
–Cállate o el leñador vendrá por nosotros– dije calmándolo, mientras lo arrastraba a mi escondite.
Subimos a la cama, encendí la linterna y el elefante surgió de las sombras. Lobo quiso pasear en él y ayudado por la luz, cabalgó por un bosque de hermosas Caperucitas. Lo dejé que disfrutara su inmensa felicidad, escurriéndose detrás de los árboles, y comiera un poco de sopa y se chupara los dedos repletos de miel. Permanecí con la linterna encendida esperando la parte más emocionante, en que Lobo lograba engañar a Caperucita y se tragaba a la abuela, pero el aulló con tristeza. Sin comprender porque se comportaba así, le acerqué la luz, entonces se recostó en mi hombro y en susurros me contó la otra parte que no aparece en el cuento.
Cuando era pequeño y mamá me enseñaba el bosque, no dejaba de repetirme que tenía que vivir en lo más intrincado, nunca andar por los caminos, porque ahí se ocultaba el peligro, pero un día quise conocer la ciudad, a causa de los pájaros que iban y venían contando lo lindo que eran los parques y avenidas llenas de luces.
Una vez se aparecieron con las alas llenas de migas de chocolate, porque habían participado en una gran fiesta de niños, y estos eran sus dulces preferidos.
Desde ese momento olvidé los consejos de mamá. Cada día iba más allá, así fue como espié a Caperucita, y se me ocurrió tomar el lugar de su Abuela en la cama; no con intención de tragármela, sino por los dulces que traía la niña.
Fue el leñador, no conforme con un lobo comiendo chocolates, quién le exigió al escritor más acción, así pasé de los dulces a tragarme una abuela.
Dispuesto a hacer justicia le propuse a Lobo disfrazarme de Caperucita. Corrimos del cuarto al refrigerador y lancé unos chocolates que devoró en medio segundo, con el ruido papá se levantó y tuvimos que escondernos. Lobo empezó a temblar diciéndome que el leñador lo iba a atrapar para abrirle su barriga con el hacha, o tal vez, si se trataba de uno más pacífico lo echaría del bosque.
Insistí en que nada le iba a suceder y lo abracé, –Ya los leñadores han cambiado mucho, eso de abrir barrigas es una vieja historia –dije–, pero no lo convencí hasta que papá volvió a su cuarto y la casa se quedó a oscuras. En silencio fue acomodándose a mi lado con el rabo entre las piernas y se durmió.
No sé cuánto tiempo tardé yo en dormirme. Sólo recordé, cuando mamá me despertó gritándome que se me había hecho tarde para la escuela, a la vez que le decía mil barbaridades a tío Cheno y le arrancaba del cuerpo su disfraz de Lobo.


PAPELINA (Cuento para niños)
Autora: Miriam Castillo Catalá

A Papelina le encanta la lluvia. Cuando se forman las primeras nubes se pone a cantar y baila con alegría, después aprovechando la humedad saca un poquito las raíces de la tierra y trata de acercarse a Jobo.
–Un día volveré a abrazarte– jura ruborizándose.
Jobo estira los brazos pero todavía no puede alcanzarla.
Sucedió años atrás. Cuando aún eran muy jóvenes. Ella llenita de flores amarillas, él con retoños formando puntos verdes en todo su cuerpo.
En la arboleda reinaba un extraño silencio, de repente el viento silbó tres veces y llegó el temporal. Ráfagas y truenos se adueñaron de la tierra. Papelina temblaba, Jobo se enfrentó a la tormenta. Desnudos y empapados se dieron las manos librándose de ser arrastrados por la corriente, así lograron salvarse. Ella quedó echada a un lado con las raíces al descubierto sosteniendo los cansados brazos de él, fue entonces que prometieron no separarse nunca.
Una mañana al salir el sol un ruido los inquietó.
–¿Quién podrá ser?– murmuró Papelina
–¿Será el viento?– se alarmó Jobo y trató de incorporarse.
–No, ese viento ya se ha ido– respondió ella con suavidad.
Alguien se detuvo frente a ellos. Jobo sintió que lentamente era separado de los tibios brazos de Papelina y recostado a un pedazo de madera recia que lo sostuvo derecho. Ella como escarbaban su tronco y la trasplantaban más allá. Esa noche se buscaron en la oscuridad y solo consiguieron sentirse vivos. Para no estar tristes Papelina se puso a cantar, al ratico él silbó una canción.
El recuerdo de aquella tormenta, se convirtió con los días en un olor a tierra fresca, en un ir y venir de pájaros, mariposas y enorme filas de hormigas que construían casas gigantes con las hojas caídas. El rocío le traía a Papelina el dulce olor de las campanillas que vivían a los pies de Jobo, entonces ella, aunque lejos, volvía a jurarle que lo abrazaría. Por eso, y por las canciones y los mensajes envueltos en ramilletes de flores que viajaban enredados en los susurros del aire, todos llegaron a saber que estaban enamorados.
Así volaron las estaciones, y la lluvia se fue de viaje a un lugar lejano dejando sequitas las nubes, con tanto sol la tierra empezó a mostrar pequeñas grietas en forma de surco, luego muchas más.
Un mediodía Jobo descubrió que sus raíces no encontraban el agua necesaria para hacerse fuertes. Al intentar alargar sus ramas tropezó con un montón de hojas marchitas, su corazón se agitó y la piel comenzó a arderle. Le pareció que Papelina estaba ahora más lejos. Mientras tanto ella examinaba su cuerpo, la corteza había empezado a desprenderse dejando ver la piel más suave de su tronco, sintió un golpeteo en sus entrañas y tuvo mucha sed. Buscó incesantemente los ojos de Jobo pero no lo consiguió. Desconcertada, sin saber qué hacer, quedó quieta perdida en su dolor. Fue la llegada de Zorzal quien la animó. Papelina lo acurrucó entre sus ramas mientras la luna se escurría detrás de una nube.
–Necesito tanto un abrazo– susurró Papelina.
–Los abrazos, los abrazos– trinó Zorzal.
La luna se agrandó colgándose en las ramas y fueron arboluna con música de cristal.
Con la salida de los primeros rayos del sol, Papelina vestía un traje totalmente amarillo, mirando a Zorzal que revoleteaba a su lado, se le ocurrió que podía volar hasta Jobo y acudieron todos en su ayuda. Para las ramas más altas prestaron sus alas Palomas y Gaviotas, al centro Carpinteros, Totíes y Canarios, en los retoños más débiles Zunzunes, Tomeguines y una bandada de Mariposas. Todos quedaron en silencio, una brisa suave batió todas las alas, Papelina cerró los ojos dejándose arrastrar por sueños y nostalgias y se sintió suspendida en el aire, hasta juraría que volaba pero su tronco permaneció aferrado a la tierra. A lo lejos Jobo seguía indiferente.
–Zorzal necesito que me ayudes– insistió Papelina y dos lágrimas asomaron a sus ojos.
–¿Qué puedo hacer? – preguntó el pájaro moviendo las alas.
–Se trata de Jobo, ha perdido las esperanzas
–Yo le hablaré– dijo Zorzal cruzando la arboleda.
–Jobo, he venido para decirte que Papelina...
El quiso mostrarse indiferente, pero las ramas crujieron y un montón de hojas secas cayeron al suelo, después otras y otras dejando el pecho al descubierto
–¿No te das cuenta?. Pronto dejaré de respirar, siento que mi raíz no le pertenece más a la tierra.
–¿Es qué has perdido las esperanzas? –dime– ¿qué ves a tu lado?
Sacando de sus entrañas una última gota de savia, Jobo giró en su propio tronco, reparando ahora en los demás, y sus ojos nublados se encontraron con Papelina quien sonrió con timidez.
–Sabes, hoy intentó volar por ti– dijo el pájaro a media voz.
–Volar por mí– repitió Jobo recordando el día en que empapados se dieron las manos prometiendo no separarse nunca, y se quedó mirándola eternamente
–¿Creen que habrá lluvia hoy? ¿Creen que lloverá?– Le preguntó Jobo a los pájaros que cruzaban el cielo, a las hormigas que cuchicheaban en su tronco, a las lagartijas dueñas de sus escondites y por fin a una nube andariega que los rozó.
–¿Creen que habrá lluvia?
Allá lejos un relámpago amenazó la tierra. El sol corrió a esconderse en su casita de fuego y las primeras gotas hicieron chin, chin, chin. Papelina empezó a bailar y se vinieron las nubes abajo.
–Hoy te daré un abrazo gritó intentando sacar las raíces de la tierra.
Jobo estiró los brazos aún no podía alcanzarla pero sentía sus latidos.

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