Yo
nací en una ciudad de luces bañada por
las olas, besada por el sol hasta quedarse adentro.
Ciudad de avenidas y callejones, de calles empedradas
y empinadas, muy cerca del Pico Turquino, el tan virtuoso
que en las noches corona a la luna y enamora a las estrellas
en complicidad de trovadores y poetas, majestuosa a
la falda de la Gran Piedra, guardiana de nuestros cafetales.
Yo nací en la segunda Villa fundada por Diego
Velázquez, en su morada se conserva dos siglos
del mueble y a su alrededor han quedado los vestigios
de la tumba francesa.
Yo nací en una ciudad donde los hombres hacen
sinfonías congueras en días de carnaval
y al paso chévere de uno, dos y tres, detrás
de la corneta china y los tambores desbordan las calles
cual río desbocado.
Nací en una ciudad de magia y hechizo tal que
cuando el tambor hace su llamado en los rituales estalla
la sangre en luces de bengalas o fuegos artificiales.
Yo me alimenté con leche de cabra y de chiva,
con arroz blanco, congrí y potaje de frijoles
y de chícharos, de pescado, carne de puerco,
chicharrones, plátano maduro frito. Cada domingo
al mediodía la mesa vestía sus mejores
galas, el mejor refresco el "prú”
oriental, el guarapo de la caña o la champola
de guanábana en esa dulce bendición.
Este cuerpo creció con el tierno contraste de
los estudios y el trabajo en el campo, para cada jornada
era un encanto el sabor a sal en los labios, la camisa
mojada, desintoxicación eficaz, tarea para fortalecer
mente y cuerpo.
Yo pertenezco a la generación del “esfuerzo
decisivo”, a la caravana del “sí
se puede”.
Estas manos no están hechas de arenas, supieron
adentrarse al alma de la tierra para sacar sus frutos
compartidos.
Yo me narro y narro y miro y hablo, y a veces me contemplo
tan lejana como a cualquier lucero que vemos tintinear
pero que está ahí, aferrado a su sitio,
somos nosotros o los otros los que giramos o que giran.
Vengo de una ciudad que nunca he abandonado, que me
anida y me presiente,
la tengo y la detengo aún cuando camine por otras
ciudades hasta que me cruje en encendidos versos.
Yo nací en una ciudad que vive de novia con el
mar y que le pertenece, en esa Isla de sabor a ron y
azúcar, aromatizada en tabaco, donde las Palmas
son más altas como dijera el poeta.
Yo guardo los recuerdos de tardes de café con
un trozo de pan, el pudín de harina de maíz
con coco en días de ciclones, los quinqués
con luz brillante, la furia del viento tocando a cada
puerta, el abuelo pilando el café cerca de la
patera, mientras la abuela daba de comer a las gallinas;
las noches de rondas en el barrio, la gallinita ciega,
los juegos a escondidas y mi padre al lado de mi madre
romanceando en la acera de la calle.
Yo nací en una ciudad que es como una muchacha
despejada desde la mañana con toda su alma expuesta,
donde los parques asisten a los músicos y artesanos.
La noche se sienta en sus larga pestañas para
abrir puertas a las tertulias, a las peñas, a
la Teatrova, no hay un sitio donde no se escuche la
voz de un poeta o un guitarrero, ciudad de son y de
bolero, ciudad que canta a sus muertos y a sus gestas.
Yo nací muy cerca del sitio donde tal vez comenzó
la vida, frente al fuerte, el imponente Morro y la bahía,
en la ciudad de coros, serenatas y pregones, donde las
frutas son dulces y jugosas y un blando olor a mango,
guayaba o papaya revela la brisa. Mi ciudad es la ciudad
de las caracolas, de las ninfas y los sortilegios, la
que abriga al santuario de la Santísima Virgen
del Cobre, la del Moncada, la “Rebelde Ayer, Hospitalaria
Hoy y Heroica Siempre”, como versa un mural en
las alturas. En su pecho de mulata coqueta porta el
medallón de Ciudad Héroe.
Yo nací en una ciudad que en medio de los caos
de estos tiempos no despinta el semblante y auténtica
y orgullosa sale a recibir el alba para despertar a
toda la inmensa isla con un beso intrépido, toda
ternura, porque vengo de una ciudad enamorada.
Yo nací amigos, en la bien amada y teúrgica
ciudad de Santiago, en Cuba. |