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NBuenos Aires desde Santiago, Chile
por Carlos Aránguiz Zúñiga »n
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Buenos Aires desde Chile 
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Buenos Aires es mi ciudad favorita, por muchas razones. La lluvia es una de ellas. No sólo porque es una lluvia fina y grácil, que no molesta y que invita a caminar disfrutándola, sino también porque es una lluvia inspiradora, mágica, que descubre otra ciudad oculta bajo la levedad de cada día. No es que en mi país de origen, Chile, no llueva. Llueve, casi demasiado, sobre todo en la región donde he venido a quedarme algunos años, muy al sur. Pero es otra clase de lluvia, hermosa, viva, fría; pero distinta.

He estado muchas veces en Buenos Aires, por distintos motivos. El principal ha sido la literatura. Tengo en esta ciudad muchos amigos escritores, que me halagan con su afecto. Uno de ellos, que considero un talento que merecería ser leído todavía más intensamente, Edgardo Lois, ha escrito hace poco un libro que recoge el poder resurreccional de la lluvia: "Bitácora de lluvia". Me parece que él ha recogido con gracia específica el protagonismo de la lluvia en la vida porteña. Agua suave y musical, que a lo más invita a contemplarla desde la ventana de un café; pero que no ahuyenta, no obliga al regreso precipitado, no interrumpe, sino más bien lava y reconforta.

Para Edgardo la lluvia permite la encarnación de los personajes literarios. Desde Unamuno -y también antes- los escritores vienen confundiendo a sus lectores con esa afirmación de un mundo interactivo entre la realidad y la fantasía. No obstante, Lois le atribuye esa propiedad a la lluvia y yo he llegado a creerle, no sólo porque últimamente me estoy encontrando con mucha gente en Buenos Aires que sin duda ha emergido de algún libro, sino porque yo mismo cuando camino bajo esa lluvia amable y cansina, me siento un personaje de Poe.

La última vez que estuve en Buenos Aires, la lluvia me sorprendió anocheciendo las veredas de Caballito. ¿Coincidencia con el paisaje de Edgardo Lois? De ninguna manera. Borges nos enseñó hace tiempo que en verdad no existe el azar y que de alguna extraña manera todos somos el mismo hombre.

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