| Buenos
Aires es mi ciudad favorita, por muchas razones. La
lluvia es una de ellas. No sólo porque es una
lluvia fina y grácil, que no molesta y que invita
a caminar disfrutándola, sino también
porque es una lluvia inspiradora, mágica, que
descubre otra ciudad oculta bajo la levedad de cada
día. No es que en mi país de origen, Chile,
no llueva. Llueve, casi demasiado, sobre todo en la
región donde he venido a quedarme algunos años,
muy al sur. Pero es otra clase de lluvia, hermosa, viva,
fría; pero distinta.
He
estado muchas veces en Buenos Aires, por distintos motivos.
El principal ha sido la literatura. Tengo en esta ciudad
muchos amigos escritores, que me halagan con su afecto.
Uno de ellos, que considero un talento que merecería
ser leído todavía más intensamente,
Edgardo Lois, ha escrito hace poco un libro que recoge
el poder resurreccional de la lluvia: "Bitácora
de lluvia". Me parece que él ha recogido
con gracia específica el protagonismo de la lluvia
en la vida porteña. Agua suave y musical, que
a lo más invita a contemplarla desde la ventana
de un café; pero que no ahuyenta, no obliga al
regreso precipitado, no interrumpe, sino más
bien lava y reconforta.
Para
Edgardo la lluvia permite la encarnación de los
personajes literarios. Desde Unamuno -y también
antes- los escritores vienen confundiendo a sus lectores
con esa afirmación de un mundo interactivo entre
la realidad y la fantasía. No obstante, Lois
le atribuye esa propiedad a la lluvia y yo he llegado
a creerle, no sólo porque últimamente
me estoy encontrando con mucha gente en Buenos Aires
que sin duda ha emergido de algún libro, sino
porque yo mismo cuando camino bajo esa lluvia amable
y cansina, me siento un personaje de Poe.
La
última vez que estuve en Buenos Aires, la lluvia
me sorprendió anocheciendo las veredas de Caballito.
¿Coincidencia con el paisaje de Edgardo Lois?
De ninguna manera. Borges nos enseñó hace
tiempo que en verdad no existe el azar y que de alguna
extraña manera todos somos el mismo hombre. |