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NBuenos Aires desde Santiago, Chile
por Carlos Aránguiz Zúñiga »n
m
Tito Ingenieri y sus botellas de naufragio
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Daniel Andina, Tito Ingenieri,
Jose Kameniecky y el autor de la nota,
en la casa de las botellas.
Una casa parada en la ciénaga, rodeada de esculturas metálicas y respetuosa en su arquitectura de la marea voluble de la ribera quilmeña, sería de por sí llamativa. Pero si a ello se agrega que esa casa esté hecha de botellas de vidrio (miles y miles de botellas de distintas formas y colores entre las cuales sopla el viento sureño y se solazan los rayos del sol), entonces podríamos decir que el arte ha alcanzado una nueva expresión.

Tito Ingenieri (27-5-54), escultor y artesano, dedicado a la herrería y al vidrio, ha construído esta extraordinaria vivienda en Quilmes (hermosa ciudad del Gran Buenos Aires, conocida más bien en mi país por su cerveza), que me invita a recorrer, aprovechando la intercesión de un amigo común (embajador plenipotenciario de esa noble ciudad y que se llama Daniel Andina).

Me invita incondicionalmente a entrar en todos los rincones de la casa, a saciar todas las preguntas que nacen, a conocer algo más de la lucha de un hombre que se abre paso en el arte con sus propias manos.

Tito Ingenieri es autodidacta. Se inspira en la literatura de Artaud, Macedonio Fernández, Nietzsche y Saint-Exupery, o sea, en vertientes muy distintas y hasta cierto punto contrapuestas, lo que de algún modo se refleja en la falta de concesiones coyunturales que revela su arte y la existencia de un proyecto de vida consecuente. Su otra musa es la música de Mussorgsky.

Su casa es un museo en el que juegan los niños del barrio, de lo cual el artista se alegra. A pesar que hay obras suyas en colecciones privadas de América y Europa, opta por un compromiso con su ciudad y con su gente.

Husmeo en el arcón de sus recuerdos: hay fotografías, álbumes que recogen sus trabajos, cartas y homenajes. Me confiesa que en las noches de invierno el frío penetra la casa aún no terminada. Prefiere abrigarse, total en verano el calor incrementado por el vidrio compensa.

Su actitud es la de un náufrago voluntario que desde una isla envía sus mensajes de apostasía en botellas de vidrio y que los dedos de la lluvia esparcen desde el río hacia el mundo.
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