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NBuenos Aires desde Santiago, Chile
por Carlos Aránguiz Zúñiga »n
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La luz de Buenos Aires
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Es curioso, pero mi recuerdo permanente de Buenos Aires, no la contempla como una ciudad luminosa, a pesar que la mayoría de las veces que la visité había un sol radiante. Podría ser porque me he entrometido en sus vetustas callejas y edificios, donde la estatura de los gigantes de concreto y a veces la postura de los árboles, en cierta forma atenúan el brillo del sol.

También podría ocurrir que en mis ojos predomine la azul oscuridad o, peor, que mi recuerdo adule la sombra. Como sea, guardo en cambio en mi memoria, la inolvidable luz de la mirada de mis porteños amigos que, contrariando la fanfarronada de los guapos acerca de que en la gran ciudad no existe acogida para el extranjero (ni menos para un chileno), me han hecho sentir siempre como en mi verdadera casa, justificando mi acendrada creencia que el mundo y todos sus habitantes somos, verdaderamente uno solo. Pero, además, he tenido la suerte de ver otras formas de luces y de colores.

El azar, quizás, pero sobre todo la amistad con una de sus mejores discípulas (Luisa Osdoba) y su esposo, me hizo conocer hace ya varios años al gran maestro de la forma y el color, Oscar Capristo y su portentosa obra. Afortunadamente los argentinos son más generosos de lo que usualmente reconocen y le han conferido desde hace varias décadas uno de los primerísimos lugares del arte pictórico a este insigne pintor que además ha formado a varias generaciones de pintores que actualmente triunfan sin cesar por todo el mundo. En mi país, Capristo es bastante conocido, tanto por los alcances de su trabajo inimitable, como por las virtudes que desbordan su alma llana y generosa. Desgraciadamente, ahora hace ya algún tiempo que no tenemos en la tierra de Neruda y la Mistral, de Matta y la Colvin, la presencia viva del arte de Oscar Capristo, omisión que espero alguna vez reparen sobre todo aquellos que tienen el deber de velar por el intercambio cultural de nuestros pueblos, como la herramienta más segura y eficaz para una paz y entendimiento definitivos.

Yo, el más humilde de sus admiradores, he tenido el privilegio inconcebible de haber revisado su obra, de la mano del propio maestro y de su maravillosa esposa Nelly, en varias oportunidades y puedo dar fe que los años han fortalecido su pincel prodigioso y su paleta generosa de ideas y de sueños. Pero, sobre todo, es en ese tratamiento del color y la superposición de ese universo onírico reducido a un lienzo, lo que me ha inducido a pensar que Capristo ha reinventado el color y me ha hecho redescubrir esa luz del Buenos Aires que siempre he visto, pero que nunca memorizaba.

Y revisando a veces la obra de sus discípulas, entre ellas la de Luisa Osdoba, me encuentro de nuevo con esas luces imposibles y esos colores mágicos, todo tan a nuestro alcance, que ahora cuando vuelvo a caminar por la ciudad de Borges -después de haberme tomado un café de reencuentros y compromisos que no se deshacen- mis ojos se escandilan y ya no quiero volver a mirar otra vez.
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