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NBuenos
Aires desde Santiago, Chile |
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| La
luz de Buenos Aires |
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Es
curioso, pero mi recuerdo permanente de Buenos Aires,
no la contempla como una ciudad luminosa, a pesar que
la mayoría de las veces que la visité había un sol radiante.
Podría ser porque me he entrometido en sus vetustas callejas
y edificios, donde la estatura de los gigantes de concreto
y a veces la postura de los árboles, en cierta forma atenúan
el brillo del sol.
También podría ocurrir que en mis ojos predomine
la azul oscuridad o, peor, que mi recuerdo adule la sombra.
Como sea, guardo en cambio en mi memoria, la inolvidable
luz de la mirada de mis porteños amigos que, contrariando
la fanfarronada de los guapos acerca de que en la gran
ciudad no existe acogida para el extranjero (ni menos
para un chileno), me han hecho sentir siempre como en
mi verdadera casa, justificando mi acendrada creencia
que el mundo y todos sus habitantes somos, verdaderamente
uno solo. Pero, además, he tenido la suerte de
ver otras formas de luces y de colores.
El
azar, quizás, pero sobre todo la amistad con una
de sus mejores discípulas (Luisa Osdoba) y su esposo,
me hizo conocer hace ya varios años al gran maestro
de la forma y el color, Oscar Capristo y su portentosa
obra. Afortunadamente los argentinos son más generosos
de lo que usualmente reconocen y le han conferido desde
hace varias décadas uno de los primerísimos
lugares del arte pictórico a este insigne pintor
que además ha formado a varias generaciones de
pintores que actualmente triunfan sin cesar por todo el
mundo. En mi país, Capristo es bastante conocido,
tanto por los alcances de su trabajo inimitable, como
por las virtudes que desbordan su alma llana y generosa.
Desgraciadamente, ahora hace ya algún tiempo que
no tenemos en la tierra de Neruda y la Mistral, de Matta
y la Colvin, la presencia viva del arte de Oscar Capristo,
omisión que espero alguna vez reparen sobre todo
aquellos que tienen el deber de velar por el intercambio
cultural de nuestros pueblos, como la herramienta más
segura y eficaz para una paz y entendimiento definitivos.
Yo,
el más humilde de sus admiradores, he tenido el
privilegio inconcebible de haber revisado su obra, de
la mano del propio maestro y de su maravillosa esposa
Nelly, en varias oportunidades y puedo dar fe que los
años han fortalecido su pincel prodigioso y su
paleta generosa de ideas y de sueños. Pero, sobre
todo, es en ese tratamiento del color y la superposición
de ese universo onírico reducido a un lienzo, lo
que me ha inducido a pensar que Capristo ha reinventado
el color y me ha hecho redescubrir esa luz del Buenos
Aires que siempre he visto, pero que nunca memorizaba.
Y
revisando a veces la obra de sus discípulas, entre
ellas la de Luisa Osdoba, me encuentro de nuevo con esas
luces imposibles y esos colores mágicos, todo tan
a nuestro alcance, que ahora cuando vuelvo a caminar por
la ciudad de Borges -después de haberme tomado
un café de reencuentros y compromisos que no se
deshacen- mis ojos se escandilan y ya no quiero volver
a mirar otra vez. |
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