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NBuenos
Aires desde Santiago, Chile |
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| Esos
inevitables encuentros de escritores... |
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Casi
ningún escritor que se precie de tal (?) ha dejado
de asistir alguna vez a un encuentro de escritores, nacional
o internacional, no importa: de todas formas resultan
muy parecidos.
Se trata de una reunión más o menos numerosa
de personas que practican la escritura -a veces también
la literatura-, donde coexisten buenos, regulares y malos
creadores, con un espíritu democrático casi
incompatible con el arte, en el que se escuchan unos a
otros sin ánimo de trascendencia y luego se aplauden
según un recíproco compromiso de estoicismo,
generalmente facilitado por la abundancia de los mostos
y la escasez de las comidas. A veces se decide incluir
un espacio para ponencias que nadie escucha y que si alguna
vez se publican, ello acaecerá en revistas academicistas
de nombres altisonantes que sólo leen los interesados
y el equipo editorial respectivo, con algunas excepciones
(aquél enfadado por no haber sido consultado).
Pocas veces resulta algo útil para la literatura
en esta clase de citas, pero siguen reiterándose
en el tiempo porque en verdad llenan una necesidad efectiva,
como es la de comunicarse humanamente en una época
en que la globalización está matando todo
rasgo de identidad.
¡Oh increíble ironía de la Providencia!
Mientras se multiplican las bandas anchas que permiten
el contacto global instantáneo, el hombre y la
mujer se sienten cada vez más solos. El arte -y
la literatura como expresión escrita de éste-,
que por esencia requiere un ejercicio solitario e individual,
siente urgencia del roce de la piel, del intercambio de
aliento, del apretón de manos.
Se me podrá decir que los encuentros de escritores
(tan bien descritos en un cuento de Liliana Díaz
Mindurry, con un final que muchas veces he pensado en
la realidad para esta clase de reuniones) han existido
siempre, casi inevitablemente. Pero se me habrá
de reconocer que nunca proliferaron tanto como ahora.
Pues bien, yo soy la persona del Evangelio que no puede
lanzar la primera piedra en este sentido, pues he asistido
a muchos encuentros de escritores, de toda clase y en
todas partes. Al principio -cuando era un escritor ingenuo-,
buscando la veta de la sabiduría que me consideraba
esquiva (juraba que los más adelantados estarían
felices de reconocer un discípulo).
Luego, persiguiendo el árbol perenne de la fraternidad,
en el que sigo creyendo pese al diluvio de las decepciones.
Últimamente, más bien por curiosidad: me
atrae la escenificación del rol de "consagrado"
en una tribu de aduladores que creen que el éxito
editorial se obtiene rozando la sombra de un privilegiado;
o quizás me atraiga también el juego un
poco infantil de las generaciones, de los descubridores,
de los seguidores y de sus opositores.
Ojalá nunca un lector asista a un encuentro de
escritores, porque podría ser que terminara dedicándose
a la literatura, viendo que el oficio de escribir está
tan alcance de la mano. |
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